lunes, 2 de abril de 2012

Con preaviso?

     "El amor debería ser con preaviso", oí que le decía una persona a otra, justo cuando pasaban por mi lado.
La idea parece buena tras una desilusión, porque es cierto que nos ahorraría muchos dolores de cabeza, pero a la vez nos restaría muchas otras emociones.
¿Se imaginan?, ¿cómo sería?, ¿habría una máquina expendedora de advertencias?, supongo que tendríamos que poner nuestro nombre y el de la otra persona y la máquina te daría el resultado... Por supuesto esto no sucederá jamás...¿se imaginan qué colas se formarían?...y además, no sé en qué medida nos compensaría saber el resultado en función de perdernos el proceso...
Esas sensaciones que se tienen cuando "alguien" despierta en nosotros ese "algo" que nos hace sonreír tontamente al mirarlo, al pensarlo, esos nervios en el estómago, esas palpitaciones, esos acercamientos rozándose sin querer o queriendo...
Es cierto, no todo son mariposas, el contrapunto a lanzarnos a la piscina y por el camino ver si hay agua, en ocasiones provoca tropiezos, caídas y dolor. Pero los sentimientos son así, a veces, lo que nos provoca una felicidad enorme, puede llegar a producirnos un dolor tan grande que sentimos que el mundo se acaba. A fuerza de tropiezos deseamos tener la posibilidad del preaviso, volviéndonos en ocasiones miedosos, cautos, cínicos. Y si decidimos de nuevo tirarnos a la piscina, salir a mar abierto, lo hacemos con flotador, de esos como los de antes, con cabeza de pato, o de muchos colores, incluso en ocasiones con manguitos, colchoneta, gorro de baño y traje de neopreno...cualquier cosa que impida al agua mojarnos en exceso.
Conocí una vez a alguien así...iba todo equipado, perfectamente conjuntado con su tabla de surf...sorteaba las olas con respeto, no las temía, seguro de sí y con el recuerdo de las sensaciones que provocaba la adrenalina de los sentimientos. Recordándose, tras haber sufrido un dolor, que no caería de nuevo ni lo reviviría. Tan seguro de sí mismo y su perfecta estabilidad estaba, que no la vio venir...y una ola de su mar lo hizo caer. Empapado y sin tabla, recordó sensaciones dormidas, aceleraciones en el corazón, sonrisas cuando recibes una llamada y tu voz callada acaba gritando lo que en realidad piensas...apartando un poco el miedo, no le importó estar empapado y se dejó llevar...
Pero el miedo es un compañero de viaje incompatible a esas sensaciones. Y si le das margen, se va estableciendo por su cuenta y ganando cada vez más terreno...aunque a veces, a fuerza de caídas, es inevitable que te acompañe... La opción arriesgada es, aun llevándolo de acompañante, lanzarse de nuevo a ese mar de sensaciones, la otra es hacer como la persona de la tabla de surf, que navega en un mar en calma, mirando las olas pero sin decidirse a acercarse demasiado porque tiene miedo a que llegue esa ola que le devolvió la sonrisa y le vuelva a hacer caer, le vuelva a hacer sentir esa adrenalina que necesita...sin saber quizás, que la seguridad de un mar tranquilo, también puede llegar a ahogarte...
     Merecería la pena saber el final y no disfrutar del proceso? Perderse esos cosquilleos, esas miradas, esas sonrisas, ese brillo en los ojos, esas sensaciones aunque nos ahorrasen un posterior dolor si después no nos sale bien?...sería como empezar un libro habiendo leído primero el final...


(30.03.12)

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